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Rituales suaves para el alma

  • Foto del escritor: Kass
    Kass
  • 31 oct
  • 2 Min. de lectura

Hay días en que la magia no llega con relámpagos ni visiones. Llega despacio, como la luz que entra por una rendija al amanecer. A veces creemos que los hechizos viven en los libros antiguos, en las palabras que solo algunas saben pronunciar, pero la verdad es más dulce: la magia también habita en lo simple, en lo que repetimos sin darnos cuenta.


Cada gesto hecho con presencia se convierte en un conjuro. Cada respiración consciente es una invocación a la vida. Después de caminar por la memoria de nuestras ancestras y escuchar los ecos del pasado, llega este momento: el de mirar el presente con ternura, y comprender que la bruja interior también vive en los actos cotidianos.


Encender una vela antes de dormir. Preparar té y mirar cómo el vapor se eleva como si hablara con el aire. Barrer el espacio como quien limpia la mente. Doblar la ropa mientras agradecemos el día. Anotar un pensamiento bonito en una libreta que guarda secretos. Todo eso —aunque parezca pequeño— es una forma de ritual.


No todos los conjuros necesitan palabras antiguas; algunos solo requieren calma. El alma, cuando se siente acompañada por gestos suaves, empieza a florecer otra vez.


El mundo moderno nos empuja al ruido, a la prisa, a la constante distracción. Pero hay algo sagrado en detenerse. En decir: “Aquí estoy.”La magia ocurre justo ahí, cuando dejamos de correr y comenzamos a habitar.


Hay mujeres que encienden incienso, otras que riegan sus plantas mientras conversan con ellas, otras que miran el cielo buscando señales, y todas, sin saberlo, están haciendo lo mismo: recordando que lo invisible también tiene hogar.


Las pequeñas cosas pueden convertirse en rituales.
Las pequeñas cosas pueden convertirse en rituales.

Porque no se trata de grandes ceremonias, sino de gestos pequeños que devuelven sentido a lo que toca el alma. El aroma del pan recién hecho. El sonido del agua cayendo. Una carta escrita a mano. El silencio compartido con alguien que comprendemos sin palabras.


Son esas cosas las que construyen el templo interior. Y cuando aprendemos a verlas como sagradas, la vida deja de parecernos tan lejana: se vuelve un tejido cálido, hecho de instantes que brillan en medio de la rutina.


La bruja que fuimos —la que temía, la que buscaba respuestas en los astros— se ha transformado. Ahora sabe que no necesita huir del mundo para crear magia: basta con habitarlo con amor. Su poder ya no arde en hogueras ni se esconde entre sombras; ahora brilla en lo sencillo, en lo doméstico, en lo humano.


Hay una belleza profunda en elegir la calma. En cuidar el cuerpo, ordenar el espacio, respirar profundo. Esos pequeños ritos son el modo en que el alma se acomoda dentro de nosotras.

Y así, sin grandes ceremonias, aprendemos a estar:a ver la magia en una taza,en una flor que se abre sola,en una palabra amable.


Porque al final, la bruja no desapareció en la historia. Solo cambió de casa. Ahora vive en ti, en mí, en cada mujer que decide mirar el día con dulzura y convertirlo en un altar.


Quizá esa sea la enseñanza más hermosa de octubre:que el poder no siempre ruge,a veces susurra. Y que los rituales más profundos no necesitan velas ni fórmulas…solo un corazón dispuesto a habitarse con amor.


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