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La transformación de energía que esperas

  • Foto del escritor: Kass
    Kass
  • 12 jul
  • 3 Min. de lectura

Las relaciones te convierten. Hay una yo antes de, y una yo después. En mi caso no fue para nada distinto. En realidad, si nos fijamos tan solo en redes sociales, que una relación te marque es algo común. Así que, por supuesto, mi relación también fue un parteaguas; fue el impulso hacia mi camino espiritual, la escalera que apareció delante de mí para que yo trepara. 


Es cierto que las relaciones no terminan todas de la misma forma; a veces duelen, pero acaban en paz, armonía y acuerdos en beneficio de ambos —y de los niños si toca—. Pero hay otras rupturas que te dejan roto, con el ego muy herido y el corazón lastimado. Mi autoestima era nula en ese entonces, y no tengo otra palabra para describir ese proceso que «traumático». 


Además, otras cosas me impactaron: nadie me ofreció su apoyo, nadie me tendió una mano. La sensación de abandono, pérdida y soledad fue brutal y completa, porque todos aunque seamos fuertes y resilientes necesitamos algún tipo de soporte moral y emocional. Algo que no tuve y que me dificultó, como rocas en el costal, emprender el camino para comenzar de cero. 


Las frases que rondaron mi mente fueron muy oscuras: nadie me elige, nadie me ama. 


Pero esto me obligó a ser más humilde. No lo digo desde una perspectiva general, sino hablando del ser, de mí misma; esta situación novedosa me sacó de golpe de una zona de confort que me desgastó mentalmente, a pesar de que estando allí no lo notaba. Miré dentro de mí y encontré que, si quería sanar y triunfar, iba a tener que hacerlo solita. 


No fue fácil. No fue un acto de magia —literalmente—. Fue más bien una transformación de energía por completo, y eso me ha tomado mucho tiempo. En esos días supe que uno de mis mayores patrones, los que me controlaban más, era que no me sentía merecedora. 


¿Cómo se interpreta esto? La verdad es que puede ser distinto para ti, pero yo lo experimenté así: yo hacía de todo para contentar a la persona de la que era dependiente. 

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Bien. Como te había contado en otro artículo, yo tengo educación mormona, y en esa, y otras iglesias, te enseñan que el sufrimiento eleva el espíritu. Es decir, no te hablan de tu fortaleza sino que te forman una autoimagen de sacrificio, así, mientras más sufres y das por los demás, más gracia adquieres frente a los hermanos y frente a Dios. 


Por ejemplo, las infidelidades: ciertos dogmas consideran que nosotras, como mujeres, no tenemos derecho a dejar a nuestra pareja cuando ésta nos es infiel. Tú no puedes ser infiel, claro, pero si tu marido o novio te engaña con una o muchas mujeres tu obligación como esposa o novia es quedarte a su lado. Una mujer que abandona a su marido por esta causa carece de los principios que caracterizan este… amor por Dios. 


Puede que ahora lo diga tranquila, pero en ese entonces era una cruz sobre mis hombros. Aun así, me vi a mí misma y entendí que es más pesado el dolor de vivir una vida así que el rechazo de aquellos que están en dentro de la iglesia. Sé que muchas personas ahí son infelices, mayormente las mujeres; lloran muchísimo o siempre están enojadas. Viéndolas, para mí, fue sencillo decidir no continuar por ese camino. 


Así fue que tomé la decisión de: 


Autodescubrirme. 

Autosanarme. 

Autosalvarme.

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