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El martillo de las brujas

  • Foto del escritor: Kass
    Kass
  • 23 oct
  • 2 Min. de lectura

Hubo un tiempo en que las palabras podían matar.No las pronunciadas por una mujer, sino las escritas por hombres que temían su voz. En 1486, dos inquisidores alemanes —Heinrich Kramer y Jacob Sprenger— publicaron un libro que cambiaría el destino de miles de mujeres: Malleus Maleficarum, “El martillo de las brujas”.


A simple vista, se presentaba como un tratado para combatir la brujería; en realidad, fue una sentencia colectiva. Un manual que mezcló fe, superstición y prejuicio hasta construir una verdad torcida: que las mujeres, por su naturaleza, eran frágiles, volubles y, por tanto, susceptibles de caer en manos del demonio.


El Malleus enseñaba a “reconocer” brujas, a interrogarlas, a extraer confesiones bajo tortura, a destruirlas en nombre de la pureza. Y Europa escuchó. Entre los siglos XV y XVII, miles de mujeres —parteras, curanderas, viudas, soñadoras, sabias— fueron perseguidas por practicar aquello que siempre habían hecho: cuidar, sanar, mirar al cielo y leer los signos de la naturaleza.


El fuego no solo consumió cuerpos; también quemó saberes. Con cada hoguera se intentó borrar una parte del conocimiento femenino que había sobrevivido por generaciones: el poder de las hierbas, la observación de los ciclos, la palabra como protección, el rezo como conjuro. Todo lo que oliera a libertad o intuición fue declarado herejía.


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Sin embargo, el miedo no logró su propósito.La historia lo demuestra: el fuego no destruye la raíz, solo la hace brotar más fuerte. De las cenizas del Malleus Maleficarum nació una nueva conciencia, una necesidad de recordar y resignificar. Hoy, cuando volvemos a mirar aquel libro, lo hacemos no desde el terror, sino desde la memoria.


Porque el verdadero poder de la bruja nunca fue su magia, sino su conocimiento. Y el conocimiento —cuando es libre y compartido— se vuelve una forma de resistencia. El Malleus intentó ser un martillo, pero el eco de las ancestras fue más persistente. Ellas siguen hablándonos en los sueños, en los rituales cotidianos, en la forma en que encendemos una vela o escribimos para sanar.


Cada palabra nuestra es un acto de reconstrucción. Cada lectura, un gesto de desobediencia luminosa. Al volver sobre esa historia, no invocamos el miedo: invocamos la memoria de todas las que no pudieron contar la suya.


Hoy sabemos que la hoguera no fue el final, sino un comienzo. Porque de las cenizas de tantas voces silenciadas, surgió la bruja interior que despierta en cada mujer que decide pensar, crear, creer y amar con libertad.


Y quizás, en la próxima luna, hablemos de esa magia:la que no teme al fuego, la que se teje con palabras,la que convierte la herida en hechizo.


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