El arte de la intención
- Kass

- 10 nov
- 2 Min. de lectura
Hay palabras que parecen pequeñas, pero que encierran un poder silencioso. “Intención” es una de ellas. No es un deseo lanzado al viento ni una orden al universo. Es una promesa íntima, una semilla que se planta en la tierra del presente y se cuida con constancia, ternura y fe. Manifestar, al final, no es magia ligera: es una forma de vivir en coherencia con lo que amamos.
La psicóloga Gabriele Oettingen dice que toda intención florece cuando logramos equilibrar el sueño con la realidad. Su método, conocido como WOOP, nos invita a visualizar lo que anhelamos (Wish), imaginar el resultado deseado (Outcome), reconocer los obstáculos (Obstacle) y trazar un plan (Plan). Este camino nos enseña que manifestar no es cerrar los ojos y esperar: es abrirlos y actuar con claridad.
Por su parte, Peter Gollwitzer habla de las implementation intentions: convertir las ideas en acciones a través del “si… entonces”. Si me siento abrumada, entonces respiro. Si dudo de mí, entonces recuerdo lo lejos que he llegado. Con gestos tan simples, el pensamiento se traduce en realidad, y el alma aprende a sostenerse a sí misma.
Pero también hay voces más suaves, como la de Dr. Arielle Schwartz, quien recuerda que intencionar es un acto de sanación. Cuando escribimos o pronunciamos nuestras intenciones, estamos diciéndole a nuestra mente y a nuestro cuerpo que pueden habitar la calma. Que merecen descanso. Que hay lugar para la esperanza. En sus palabras, una intención es una dirección del corazón: no impone, guía.
Y es allí donde la intención se vuelve arte. Porque cada una de nosotras puede aprender a esculpir su vida con pequeños rituales cotidianos: encender una vela mientras repetimos lo que queremos cultivar, escribir afirmaciones en un cuaderno, preparar el té de la mañana con atención plena. Son gestos diminutos que sostienen el equilibrio entre el mundo interno y el externo.

La experta Heather Askinosie, desde una mirada más simbólica, lo describe así: la intención es una frecuencia. Lo que pensamos, sentimos y hacemos vibra y se refleja en nuestro entorno. Por eso, cuando nuestras acciones son coherentes con nuestros valores, el universo responde. No porque obedezca, sino porque acompasa.
El arte de la intención, entonces, es un tejido: hilos de deseo, acción, ética y amor propio entrelazados. Es saber que manifestar no es pedir que las cosas cambien por nosotras, sino comprometernos a cambiar junto con ellas. Es mirarnos con ternura y preguntarnos: ¿qué versión de mí quiero honrar hoy?
Quizá por eso las mujeres que viven desde la intención no caminan con prisa. Caminan con propósito. No buscan controlar el destino, sino participar en él, desde la conciencia, el cuidado y la belleza.
Porque intencionar —como sembrar— requiere tiempo, paciencia y fe. Y cuando el alma aprende a hacerlo, todo florece en su momento justo.




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